MUERE MARADONA

El Diego de la gente: Maradona, la voz de los "olvidados"

Pelusa representó a todos los argentinos y las argentinas, pero sobre todo a los vulnerables, a los invisibilizados. Y ellos inundaron las calles.

El Diego de la gente: Maradona, la voz de los "olvidados"
Diario AS

El Obelisco, ícono de la Ciudad de Buenos Aires, fue uno de los puntos de encuentro para despedir a Diego Armando Maradona. Nadie tuvo que pasar el mensaje, ninguna organización tuvo que convocar. No hizo falta: ante una alegría o un dolor tan inmenso, el emblema porteño es el escenario apropiado.

En este caso, alegría y dolor fueron algunos de los tantos sentimientos que se pudieron observar en las miles de personas que fueron llegando a las intersecciones de Avenida 9 de Julio y Avenida Corrientes.

El Distanciamiento Social, Preventivo y Obligatorio se respetó al principio, cuando llegaban los primeros. Pero el primer abrazo contenedor desató una lluvia de abrazos, de llantos, de besos y recuerdos.

"No se pudo haber ido él", le dice un pibe a otro mientras miran al cielo. Ellos no lo creen, nadie lo cree. La sensación es que eso no está pasando. "En las buenas y en las malas mucho más", le cantan a Pelusa. Le agradecen, le piden que se deje de joder, que meta una gambeta otra vez.

En el Obelisco hay turistas, hay maradoneanos de alma, hay gente que llora y gente que canta. Hay hinchas de Boca, de River, de Argentinos, de Newell's, de Quilmes, de Temperley, de Gimnasia, de Lamadrid, de Morón, de todos los equipos. Es que Maradona no tiene camiseta. Maradona es de todos y todas, también de esas personas que no tienen nada, de los que empujan un carrito y piden que les den las latitas para hacerse unos mangos y, quién sabe, quizá puedan comer hoy.

Diego es, sobre todo, de ellos y de ellas, de las y los invisibilizados, de las y los olvidados. De esos que muchos fingen no ver. De esos que muchos no ven. Pero Maradona no sólo los vio siempre, si no que fue uno de ellos. Y siempre lo será.

Maradona era un pibe de Fiorito, un pibe que no comía, que no tenía zapatillas, que vivía hacinado. Y que jugaba a la pelota como pocos -o ninguno-. Y llegó a lo más alto del fútbol mundial, se sentó en los livings de los programas a los que sólo llegan los que tienen "estatus", y se reunió con presidentes, con príncipes, con las personas más poderosas del mundo. Todas rendidas a sus pies, a los pies de un pibe pobre, de un "olvidado" al que no pudieron invisibilizar. Y con toda su exposición, sus lujos, sus fanáticos, sus marcas desesperadas por vestirlo y su fama, Diego Armando Maradona nunca se olvidó de los humildes, los más vulnerables. Diego alzó la voz por las causas que le parecieron justas, pidió que les saquen plata a los que más tienen -el incluido- para que se la den a los más pobres. Y lo volvió a pedir hace algunos meses cuando apoyó el impuesto a las grandes fortunas.

Diego también fue el que ideó la Asociación Internacional de Futbolistas Profesionales (AIFP), un sindicato que presidió y con el cual pretendía defender a los jugadores ante las Federaciones y ante la FIFA, el que se sumó al pedido de las Abuelas de Plaza de Mayo para encontrar a los nietos arrancados por la Dictadura Militar, o el que decía en televisión "yo estoy a muerte con los jubilados".

Diego fue un plato de comida, un techo, una cama calentita. Diego es y será pueblo. Diego es de todos y todas, no importa dónde hayas nacido, cuál sea tu apellido ni cuánta plata tengas en la cuenta. El regalo del gol a los ingleses, la Mano de Dios, las puteadas a los que silbaban el himno argentino, todos fueron regalos de Diego para todos los argentinos y las argentinas. Y su despedida no podía ser de otra manera: popular y con alegría, para un tipo que sólo nos dio alegrías. Gracias para siempre, Pelusa.