Gracias por volver

Me desperté, gracias a la alarma que puse en la noche del viernes, me cambié, fui hacia la cocina, calenté el agua, le puse yerba al mate y me preparé una tostada cargada de dulce de leche.

Acto seguido, me senté en la mesa, encendí el televisor y sintonicé uno de los tantos canales deportivos que hay en la guía. Esperé que comience el clásico de la liga alemana, entre el Borussia Dortmund y el Schalke 04, y recién ahí pude relajarme por completo. Antes estaba un poco nervioso y no sabía por qué.

Al escribir estas líneas, me siento algo egoísta y hasta irracional porque sé que el fútbol no es prioridad hoy en día y que hay temas muchísimo más importantes, como la salud y la economía de nuestro país. Pero ver girar una pelota, en tiempos tan difíciles, fue una caricia al alma.

Antes de cerrar este texto, que sirvió como catarsis, confieso que no soy un admirador de la Bundesliga. Sé poco de los equipos que la integran y solo estoy al tanto de lo que hacen los clubes denominados grandes. Pero prometo respetarla por siempre, porque gracias a la organización teutona volví a sonreír aunque sea por un rato.

Ya lo sabía, pero hoy lo comprobé: la vida no es la misma sin fútbol.