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La fortaleza mental, el arma de River y Gallardo en la final

La fortaleza mental, el arma de River y Gallardo en la final

GABRIEL BOUYS

AFP

El club ha recibido muchas críticas en los últimos días tras lo ocurrido en El Monumental, y ven este partido como la ocasión perfecta para dejarlo todo atrás.

“Nosotros adentro de la cancha somos los únicos que podemos defender a nuestra gente, a la que le robaron la ilusión de poder ver esta final”, dijo Marcelo Gallardo en la conferencia de prensa posterior al partido de Superliga ante Gimnasia el domingo pasado, y no se trató de una frase más, o de un simple arranque de “patriotismo riverplatense”.

El mensaje habrá sin duda endulzado los oídos de los hinchas millonarios, a quienes casi nada puede quitarles la sensación de maltrato en estos días, pero sus verdaderos destinatarios estaban en ese momento dentro del vestuario local del estadio Monumental. Porque se trató del primer, y único, “manijazo” en público para activar y potenciar las respuestas psicológicas de sus jugadores ante el partido frente a Boca en Madrid.

En todos estos años al frente del equipo, el Muñeco y su grupo de colaboradores han mostrado un buen ramillete de virtudes. La capacidad para estimular los puntos neurálgicos en la mente de sus dirigidos es una de las más destacadas.

Entrenador del siglo XXI, actualizado y atento a todos los avances científicos y tecnológicos que han invadido el deporte en los últimos tiempos, Gallardo entendió a la perfección aquel viejo precepto de que “al fútbol se juega con la cabeza y se ejecuta con los pies”, y lo pone especialmente en práctica en los partidos puntuales donde más que en cualquier otro son imprescindibles la frescura mental, la velocidad de reflejos y un estado de alerta y concentración permanentes.

Es este trabajo psicológico, que comparte con su ayudante Matías Biscay y prácticamente todos los integrantes del cuerpo técnico y de conducción del equipo, el que le ha permitido a River transformarse en un conjunto “copero”. La sabiduría para apretar las teclas correctas en los momentos exactos contribuye a reducir los márgenes de error y a incrementar el rendimiento –el caso de Lucas Pratto, discutido casi desde que llegó y que jugó su mejor partido en la ida de la final, es el ejemplo más reciente- en ocasiones de máxima tensión.

Gallardo sabe que maneja menos recursos individuales que su rival en esta definición. No cuenta con la riqueza y diversidad de variables que tiene a su disposición Guillermo Barros Schelotto. De hecho, la ausencia de Rafael Santos Borré y casi con seguridad de Ignacio Scocco el domingo en Madrid deja a Pratto prácticamente huérfano de compañía en ataque. En la misma posición, Boca suma a Ramón Ábila, Darío Benedetto, Mauro Zárate y eventualmente a Carlos Tevez, los cuatros con características diferentes como para multiplicarlas chances para llegar al gol.

El funcionamiento colectivo logrado por Gallardo en estos años compensa en parte esta aparente debilidad. Nadie discute, ni siquiera en las filas boquenses, que el juego de River resulta más comprensible y está más aceitado. Pero solo con eso no le alcanzaría para afrontar con mínimas garantías una final de tanta exigencia. La fuerza mental completa el vaso para equilibrar las posibilidades. En ese sentido, el regreso al equipo de Leonardo Ponzio, la vía transmisora del mensaje del técnico dentro de la cancha, es un elemento clave.

Es en estas cuestiones intangibles, imposibles de medir en las estadísticas de Big Data que nos abruman en los últimos tiempos, donde descansa la seguridad que transmite el plantel riverplatense cuando llegan los partidos que no tienen revancha. Es en esos mensajes que emite cada tanto, como el de la semana pasada luego del partido ante Gimnasia, donde Marcelo Gallardo esconde una parte trascendental de su ascendiente sobre todo el Mundo River y fundamentalmente su influencia sobre los jugadores.

Serán esos adversarios invisibles, y no solo contra el 4-1-4-1 o el 3-4-1-1 que pueda plantear tácticamente sobre la cancha, contra los que deberá luchar Boca si el domingo quiere levantar por fin esa Copa que se ha convertido en su obsesión