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La nueva ola de aire fresco que recorre el fútbol argentino

La nueva ola de aire fresco que recorre el fútbol argentino

La supremacía que los equipos argentinos vienen demostrando en las últimas ediciones de los torneos continentales tiene que ver con las ideas de esta camada de técnicos.

Apenas 24 horas después de que Boca y River brindaran un sorprendente (por lo poco esperado) y reconfortante espectáculo en la primera final de la Copa Libertadores, Jorge Almirón coronó su debut como técnico de San Lorenzo manifestando su admiración hacia Vélez, su rival del lunes por la noche, y pidiendo disculpas a los hinchas del Ciclón por cómo había jugado su equipo. En la vereda de enfrente, a Gabriel Heinze no le cabía el orgullo en el pecho por el partido que habían hecho sus pupilos, pese a que la chapa final había establecido un 0-0 que podía sonar a decepción para los de Liniers.

Quizás, y solo quizás, haya que empezar a modificar el diagnóstico a mediano plazo sobre el fútbol argentino. Carcomido hasta las entrañas por todos los pecados del mundo y atravesado desde hace demasiadas décadas por las más variadas de las crisis, la pasión nacional número uno lleva algunos años recibiendo bocanadas de aire fresco que parecen cada vez más fuertes y frecuentes.

"Tengo que felicitar a Vélez y a su entrenador. Nunca me sentí tan sometido por un equipo rival", dijo Almirón en la zona mixta del Amalfitani. Algo semejante a lo que habrá pensado en su día Pablo Guede cuando hace algunos años el Lanús de Almirón lo apabulló en la final del torneo Transición 2016, con la única diferencia de la contundencia. O Gustavo Alfaro, en el reciente 4-1 de Independiente a Huracán, la tarde del whisky y el habano de Ariel Holan.

La supremacía que, en líneas generales, los equipos argentinos vienen demostrando en las últimas ediciones de los torneos continentales tiene mucho que ver con las ideas y las convicciones de esta camada de técnicos que ha venido a desterrar los viejos y dañinos hábitos que en los últimos 30 años se adueñaron y en cierto modo condenaron al atraso a nuestro fútbol.

Solo es cuestión de echar un vistazo. Gallardo, Guillermo, Coudet, Holan, Beccacece, Almirón, Heinze, Vojvoda, Dabove, Coyette, Forestello... como en su día también Almeyda, Kudelka, Guede o Lavallén tuvieron y tienen buenos resultados con los equipos a su cargo basados en propuestas interesantes, atrevidas, acomodadas a los vientos que soplan en la élite del fútbol internacional y adecuadas a las realidades de la irregular materia prima que ofrecen las divisiones inferiores de nuestros clubes.

Mejor que esto, y quizás sea el punto donde se observa la mayor diferencia y que más invita al optimismo, cuesta hoy encontrar en la Superliga equipos que centren sus aspiraciones en apretarse atrás, aguantar como se pueda y acertar con un contragolpe. Ni siquiera los técnicos tildados como "defensivos" -Alfaro, Zielinski, De Felippe, Madelón...- apuestan hoy por esa fórmula. Pueden ser más clásicos en sus planteos, menos atraídos por la posesión de la pelota y el dominio del juego, pero ninguno se esconde y todos incluyen en sus equipos futbolistas con buen pie que permitan llegar al arco rival a partir del juego asociado y con muchos hombres pisando el área de enfrente.

Las semillas que sembró el deslumbrante fútbol de aquel Barcelona dirigido por Pep Guardiola germinaron en la Argentina casi como en ningún otro lado, seguramente alentadas por la presencia de Lionel Messi, el mejor de los nuestros, en aquel conjunto inigualable. Y ya empezaron a dar sus frutos.

En condiciones lógicas, las casas deben construirse desde los cimientos. Pero, como se sabe, la Argentina es una tierra fértil para la originalidad y la ruptura de moldes. Podría ser que el fútbol no sea una excepción y haya comenzado a cambiar a partir del techo, con muchos de los entrenadores de Primera División a la cabeza.

La final del domingo pasado o las palabras de Almirón y Heinze son solo la ratificación de algo que viene sucediendo cada semana en la Superliga y a lo que posiblemente no se le da la dimensión adecuada. Quizás valga la pena ser optimistas, aunque sea por una vez.