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El almuerzo que acabó con el partido de Argentina en Israel

Varios jugadores importantes de la albiceleste se reunieron después del entrenamiento en Castelldefels y tomaron la decisión de no jugar el amistoso.

ALEJANDRO PAGNI

AFP

Varios jugadores importantes de la albiceleste se reunieron después del entrenamiento en Castelldefels y tomaron la decisión de no jugar el amistoso.

 Ayer al mediodía, después del entrenamiento matinal de la selección argentina en Barcelona, varios de los jugadores del plantel se fueron a almorzar a Castelldefels, el pueblo donde residen, entre otros, Lionel Messi y Luis Suárez. El tema del partido contra Israel en Jerusalén fue uno de los más hablados durante esa comida, y de esa reunión surgió la idea de comunicarle a Claudio Tapia que ellos preferirían no viajar a disputar el último amistoso previsto antes del Mundial.

El movimiento del núcleo más influyente del equipo llevó implícito un mensaje: no querían quedar atrapados en una tenaza política que, accionada por los gobiernos de ambos países, ya había aprisionado al propio Tapia –cuyo margen de acción es ínfimo, por más que en su declaración de hoy haya querido hacerse cargo de la decisión final-, y amenazaba con arrastrar a todos a ser víctimas de una campaña internacional en su contra y transformar a Lionel Messi en una especie de Salman Rushdie del fútbol.

La jugada, sin embargo, no alcanza para ocultar algunas de las taras que lastran a la AFA y que inciden, por ejemplo, en lo que debería ser una tranquila preparación de la cita más importante que su equipo/estandarte debe afrontar cada cuatro años.

La sumisión al poder es una de ellas. Jorge Sampaoli nunca estuvo de acuerdo con viajar a disputar un amistoso en Israel. No tanto por Israel en sí mismo, sino por los problemas logísticos que planteaba el viaje. Pretendía un partido, sí, pero en Barcelona. A medias entre recuperar una vieja cábala surgida en 1986 y la necesidad de dinero –la otra tara fundamental- los dirigentes mantuvieron en pie la idea, y el gobierno de Mauricio Macri se sumó complacido. Por estos tiempos, todo lo que sea estrechar lazos con Estados Unidos, también a través de la relación con los israelíes, está bien visto en Balcarce 50.

La complicación surgió después, cuando Miri Reguev, poderosa Ministra de Deportes y Cultura israelí, decidió cambiar la sede original de Haifa por la de Jerusalén, en medio del conflicto que enciende a la comunidad palestina –y musulmana en general- por la reciente declaración de la ciudad como capital del estado judío. El partido acababa de convertirse en un hecho político de alto vuelo, muy por encima de la cuestión futbolística.

La modificación dejó a Chiqui Tapia bajo fuego. La empresa Comtec Group, organizadora del encuentro, ya le había pagado a la AFA los 2,4 millones de dólares pautados (aunque aparentemente solo iban a quedarle unos 900.000 limpios, que ahora tendrá que devolver) y desde el gobierno le habían manifestado cuánto les gustaba la idea de jugarlo, mientras el cuerpo técnico seguía oponiéndose.

La inacción de Tapia se fue haciendo cada vez más evidente con el correr de los días. Cuando las protestas y anuncios derepresalias contra los jugadores de la selección empezaban a sacudir el mundo islámico, el gobierno se desmarcó rápidamente: “Nosotros alertamos de los problemas que podía ocasionar”, dijeron desde la Cancillería, y terminaron de poner en jaque al dirigente surgido de Barracas Central. El conductor de los destinos del fútbol argentino no supo qué hacer.

Esta vez los jugadores, esos mismos a los que se les pide y casi se les exige ganar un Mundial como única manera de probar su patriotismo, pensaron por sí mismos y sacaron las papas del fuego. En semejantes condiciones, con cuatro años de desatinos y mamarrachos constantes que no tienen freno ni siquiera en la recta final de la preparación, si el 15 de julio los encuentra levantando la Copa no quedará otra que empezar a creer en los milagros. Y quizás sí, sea el momento para peregrinar a Tierra Santa y dar las gracias a todos los dioses juntos.

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