RIVER PLATE

9 de diciembre, la primera fecha patria riverplatense

A un año de la inolvidable victoria sobre Boca en Madrid, los hinchas de River vuelven a tener motivos para sonreir. La importancia de un día que marcó la historia.

9 de diciembre, la primera fecha patria riverplatense

Transcurrieron apenas 8 segundos desde que la pelota salió del pie izquierdo de Juan Fernando Quintero -después de su taco fallido- hasta que Gonzalo Martínez le dio el último toque a la red. Sólo cada hincha de River sabe todo lo que pasó por su cabeza en esos instantes breves pero interminables que convirtieron al 9 de diciembre en un punto de inflexión en la historia.

Algunos cerraron viejas heridas, otros se dieron abrazos pendientes. Algunos gozaron de una alegría hasta entonces desconocida, otros disfrutaron también de la desgracia ajena. Algunos lo gritaron en el Santiago Bernabéu, otros convivieron el dolor de no haber podido estar ahí y se emocionaron en Buenos Aires o en cualquier otra provincia argentina. Todos supieron de inmediato que desde ese día nada sería igual.

Quedará para siempre la espina de que el partido no se haya jugado el 24 de noviembre en Núñez, donde miles de ilusiones congregadas se extinguieron por culpa de un grupo de personas que malinterpretó la pasión y la enemistad futbolística, ayudado por un operativo que algún día quizás se sepa si fue sólo ineficiente o también cómplice del ataque.

El negocio, y quizás en parte el destino, determinaron que la capital española se convierta entonces en Tierra Santa para el Millonario. Hasta el último suspiro, cada riverplatense que pase por Madrid o que aunque sea la sienta nombrar tendrá una sonrisa dibujada en la cara, como dijo el creador de la máxima gesta histórica del club.

El 9 de diciembre fue el día en que el círculo se cerró y el planeta se tiñó de rojo y blanco. El equipo de Gallardo expuso todos los laureles conseguidos en los años anteriores, consciente de que una derrota contra el rival de toda la vida en el escenario más grande en el que alguna vez pudieron enfrentarse no era comparable con ninguno de los títulos que se habían obtenido.

Una final de Copa Libertadores entre River y Boca es ni más ni menos que el más grande de los Superclásicos, en la instancia más importante de la competición más prestigiosa en la que los dos gigantes del fútbol argentino tienen posibilidades de cruzarse. "No hay mañana", coincidían de los dos lados en la previa.

A la luz de los hechos, por supuesto que la vida continuó. Ambos siguieron compitiendo en gran nivel y hasta volvieron a encontrarse un año más tarde en semifinales. Otro desafío inmenso, pero a la vez terrenal. Aunque se le intentó dar carácter de revancha, el nuevo triunfo pasó casi desapercibido en cuanto a la intensidad de la celebración para los del Muñeco y el dolor de los Xeneizes también fue notoriamente más leve.

De aquellos días de fines de 2018 quedarán en la memoria el enfoque del conductor del grupo en "defender al hincha dentro de la cancha", la dispersión de los festejos (en España, en el Monumental, en el Obelisco y en cada punto de la Argentina), la sensación de felicidad mezclada con alivio por lo inimaginable que había en disputa, el "No hay más nada" en pleno campo de juego, la caravana espontánea y multitudinaria para un plantel que había perdido la semifinal del Mundial de Clubes pero para los peregrinos era más que un campeón del mundo.

Son pocas las oportunidades en las que una persona puede percibir que está viviendo un hecho del que alguna vez hablarán sus hijos, sus nietos y sus bisnietos. Todos esos días anteriores y posteriores a las finales, en el marco de un país de enfermiza cultura futbolera, paralizaron el tiempo y alteraron la normalidad de comportamiento de todos los interesados en la definición de la Copa eterna.

El festejo del primer aniversario no es una chicana. La fecha será por siempre para River el recuerdo de lo que se consiguió, pero además el ejemplo de lo que se aspira a conseguir para sostener la grandeza: unión, identificación con los colores, responsabilidad, valentía para reponerse a la adversidad (del resultado y de la pérdida de la localía), corazón y respeto por una idea de juego que caracteriza a la institución.

A partir de 2020, una estatua del ídolo máximo se levantará en la puerta del Museo River para inmortalizar la gloria alcanzada. Y cada año, los hinchas del Millonario tendrán el privilegio de volver a ser felices, aunque sea por 24 horas, cuando se acuerden del hombro en el que lloraron en el momento en que el Pity inició su carrera hacia la eternidad.